Sara
El 15 de junio comenzó lo que creí… sería mi peor pesadilla.
Ese día, después de un tiempo hermoso de adoración con mi amada iglesia Ekklesia Kairos, terminé en el hospital por una apendicitis. El dolor era tan fuerte, tan insoportable, que me desmayé en los brazos de mi mamá. Los doctores me intervinieron dos días después. Y cuando salí del quirófano, pensé: “Por fin… ya se acabó.” Pero no sabía que apenas estaba comenzando la historia que Dios usaría para enseñarme lo que realmente significa confiar en Él.
Los días siguientes fueron un valle oscuro. Comencé a tener dolores de cabeza tan intensos que no podía ni levantarme de la cama. Y un dolor en mi pierna derecha que parecía fuego recorriendo mis nervios. Lloraba, gritaba, y nadie podía calmar el dolor que sentía.
El nervio estaba tan irritado que cada movimiento era como si me clavaran agujas por dentro.
Los diagnósticos comenzaron a llegar… y cada uno dolía más que el anterior: “Vas a poder caminar hasta dentro de seis meses.”, “Ese dolor de espalda jamás se va a quitar.”, “Y olvídate del ejercicio… al menos por dos años.”
En ese momento, mi corazón se quebró. Yo solo pensaba: “¿Por qué, Señor? ¿Por qué a mí?”
Pero lo peor todavía no había pasado.
Mientras estaba internada, la persona que yo consideraba mi mejor amiga, la que conocía mi corazón, comenzó a burlarse de mí, a levantar chismes mientras yo estaba en una cama con suero y lágrimas. Y cuando creí que ya no había más para perder, me enteré de que había quedado a solo dos aciertos de entrar a la universidad de mis sueños.
En ese punto… me derrumbé. Me daban medicamentos que dormían mis neuronas para aliviar el dolor, y mi mente se volvió lenta, torpe. Me costaba hablar. Me costaba pensar. Y una noche, sola en mi habitación de hospital, caí de rodillas.
Con la voz quebrada dije: “Señor… perdí todo. Perdí mi salud. Perdí a mi mejor amiga. Perdí mi universidad. Perdí mi inteligencia. Estoy físicamente rota, mi corazón está destrozado…”
Y ahí, entre las lágrimas, Dios me habló. No con voz audible, sino con esa paz que te abraza el alma. Y me recordó una promesa… una promesa que se volvió mi medicina:
1️⃣ “El Señor es mi pastor; nada me faltará.” No dice “falta poco”, dice “nada”. No dependo del sistema, ni del dinero, ni de lo que me falta, sino de quién me pastorea.
2️⃣ “En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará.” Dios no solo te provee, te da descanso. A veces no cambia el camino… te cambia a ti en el camino. Te detiene para recordarte que no eres máquina: eres hijo.
3️⃣ “Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.” Aunque te hayas desviado, Él vuelve a guiarte. No por lo bueno que eres, sino porque Su nombre es fiel.
4️⃣ “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento.” Aquí no dice “si ando”, sino “aunque ande”. Sí, vas a pasar por valles oscuros… pero el valle no es tu destino. Y no caminas solo. Dios mismo va contigo.
5️⃣ “Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.” El enemigo pensó que me destruiría… pero Dios me preparó un banquete.
6️⃣ “Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa del Señor moraré por largos días.” Este versículo es un final profético. No dice “quizá”, dice “ciertamente”. El bien y la misericordia te persiguen incluso cuando tú dejas de perseguirlos. Tu historia no termina en el dolor. Tu destino final no es el hospital. Tu destino final es la gloria del Padre.
Cuando entendí estos seis puntos… algo en mí resucitó. Comprendí que el dolor no era un castigo, era un proceso. Que no era el fin, era el inicio. Y que a veces Dios rompe lo que somos para revelar quién es Él.
Dios me levantó. Literalmente. Mi espalda ya no me duele. Mis piernas caminan, corren, saltan. Perdí 9 kilos, sí… pero gané algo mucho más valioso: una fe que nadie puede robarme.
Hoy puedo ir al gimnasio, nadar, brincar, reír, vivir. Y cada vez que lo hago, recuerdo: “Esto… es gracia. Esto… es milagro.”
Aprendí que las amistades son temporadas, no eternidades. Aprendí a perdonar como Jesús me perdonó a mí. Y aprendí a esperar con calma la universidad que Él tenga preparada para mí.
Mi historia no es de derrota… Es de redención. Porque Dios me hizo entender que el milagro más grande no fue volver a caminar, sino volver a creer.
Así que hoy, si alguien me pregunta cómo sigo, les diría: “Aunque todo tiemble… yo no, porque el Pastor va conmigo.”

